Poema 25
Obedezca mi alma a Dios
y mis palabras sigan sus su Palabra,
porque feliz es el que alcanza misericordia,
y gozosa la Iglesia que su Espíritu guía.
Sigamos al Rey con antorcha encendida,
sigamos al Rey por camino de luz.
Toda la ley de Dios es vida,
y sus testimonios son mi alegría.
Rey de reyes, Señor de señores,
nuestro adalid es él.
Espada de dos filos nos ha dado,
nos conduce a la victoria verdadera.
Triunfo contra el mal proclama
aquel a quien ama mi alma,
ante él se inclina todo hombre,
y Jesús, Hijo de Dios, se llama.
Este blog habla de la fe, del amor a Dios, de la entrega, de los creyentes y de Cristo, Nuestro Señor y Salvador.
martes, 29 de marzo de 2011
domingo, 27 de marzo de 2011
Reflexiones sobre el Salmo 144
“Bendito sea Jehová mi roca…” así se inicia el Salmo 144. La roca es el fundamento de nuestra casa, y la casa del creyente es la Iglesia. Quien edifica sobre la roca puede resistir las tempestades (Mateo 7:24 y Lucas 6:48). ¿Pero de qué roca se trata? ¿Qué significa la roca? La “roca” es un símbolo, la roca representa a Cristo. Cuando en el salmo se habla de la roca se está hablando realmente del Señor Jesucristo (1ª Corintios 10:4). Una casa construida sobre la roca es firme y resiste por él; una iglesia fiel a Cristo es la que sigue su Palabra.
Estar de pie sobre la roca es tener a Cristo como base de nuestra vida. Sólo en él estamos seguros, pues su firmeza y su amor nos sostienen aún en los momentos difíciles de las pruebas. Jesús nos fortalece; nos va moldeando para perfeccionarnos, y el Espíritu nos orienta y nos permite diferenciar lo que es de Dios, de lo que no lo es. Por eso este salmo se inicia bendiciendo a Dios.
En el primer versículo también se dice:
Al leer esto uno puede pasar por alto estos versos, pensando que sólo se refieren a David, porque era guerrero (además de rey, pastor, danzarín, cantante y redactor de salmos). Sin embargo, nada en los salmos es ajeno a nosotros, porque la Biblia es un gran instructivo que Dios nos da para la salvación. Entonces, tenemos que preguntarnos: ¿A qué batallas y guerras se refiere? ¿Contra qué o quiénes? ¿Cómo participamos en ellas?
Existen fuerzas que no vemos, como los ángeles caídos, los principados y las potestades del mal ante los cuales cada creyente mantiene una lucha constante. Estos enemigos tratan de emboscarnos apelando a nuestras debilidades, y mostrándonos el oropel de las tentaciones del mundo: dinero, sexo, fama, éxito, venganza, vanidad. Y cuando a la luz de esto se releen los versículos 1 y 2 del salmo, se comprueba que Dios no nos deja solos en esta lucha:
Dios siempre está a nuestro lado apoyándonos y sosteniéndonos, porque conoce nuestras debilidades. Él, con su enorme misericordia, nos provee los medios para protegernos de las huestes del mal (Romanos 8:37 a 39). Él es nuestro escudo y nuestra fuerza; él es nuestra roca viva, y quien nos protege de los ataques invisibles que acechan nuestra alma.
En el 3er. Versículo del salmo, David se formula preguntas que en algún momento todos los creyentes nos hacemos. ¿Por qué Dios nos protege y nos cuida, si tenemos tantos defectos? Y la respuesta es maravillosa: justamente por eso; porque nos ama y procura por todos los medios que salgamos adelante con bien. Y Dios no escatima nada (Juan 3:16).
Al ser vencido el enemigo, brota la alabanza agradecida hacia aquél que nos dio la ayuda oportuna. David la expresa (Salmo 144:9 y 10), y nosotros también,cuando nos salvamos de un accidente, cuando resistimos las tentaciones, cuando sanamos, cuando se hace justicia y cuando triunfa el amor.
Del mismo modo, en el momento en que las dificultades comienzan a turbar nuestra vida, tenemos un Dios fuerte y un gran abogado, Jesucristo, para hacernos oír. Pidamos ayuda sin dilación. Dios escuchará la oración (Jeremías 29:12; 1ª Tesalonicenses 5:17; Santiago 5:16), como escuchó a David, y nuestra Roca nos amparará. Él no dejará las ovejas a merced de los lobos (Juan 10:11 a 16).
En los versículos 7 a 11 del salmo, Davbid pide esa ayuda necesaria para ser rescatado y quitado de entre “hombres extraños””, cuya boca es vanidad y su diestra, es “diestra de mentira”. Por medio del ejemplo de David, el salmo nos dice qué hacer: recurrir siempre a Dios, mantenernos leales y firmes en él.
El salmo continúa en los versículos 12 a 14, con el ruego de David por el bienestar de su pueblo. Esto es muy importante, ya que la felicidad del creyente se alcanza compartiendo. David rogó por el bienestar de su pueblo, y durante los reinados de David y Salomón ese pueblo gozó de gran prosperidad (pero luego el rey Roboam y sus sucesores, así como el pueblo, idolatraron, se olvidaron de su Dios, y perdieron las bendiciones que habían tenido tal como lo relata 1ª Reyes 14:21 a 28).
Finalmente, el salmo concluye diciendo:
Y sabemos por nuestras lecturas de la Biblia que esta bienaventuranza se alcanzó, y más adelante se perdió por falta de fe, el Salmo 144 y la Biblia dan constancia de ello.
Los creyentes tenemos que apropiar la enseñanza de este salmo: a nosotros nos toca permanecer fieles para mantener las bendiciones que Dios nos da y prosperar como Iglesia.
Estar de pie sobre la roca es tener a Cristo como base de nuestra vida. Sólo en él estamos seguros, pues su firmeza y su amor nos sostienen aún en los momentos difíciles de las pruebas. Jesús nos fortalece; nos va moldeando para perfeccionarnos, y el Espíritu nos orienta y nos permite diferenciar lo que es de Dios, de lo que no lo es. Por eso este salmo se inicia bendiciendo a Dios.
En el primer versículo también se dice:
Quien adiestra mis manos para la batalla,
Y mis dedos para la guerra
Al leer esto uno puede pasar por alto estos versos, pensando que sólo se refieren a David, porque era guerrero (además de rey, pastor, danzarín, cantante y redactor de salmos). Sin embargo, nada en los salmos es ajeno a nosotros, porque la Biblia es un gran instructivo que Dios nos da para la salvación. Entonces, tenemos que preguntarnos: ¿A qué batallas y guerras se refiere? ¿Contra qué o quiénes? ¿Cómo participamos en ellas?
Existen fuerzas que no vemos, como los ángeles caídos, los principados y las potestades del mal ante los cuales cada creyente mantiene una lucha constante. Estos enemigos tratan de emboscarnos apelando a nuestras debilidades, y mostrándonos el oropel de las tentaciones del mundo: dinero, sexo, fama, éxito, venganza, vanidad. Y cuando a la luz de esto se releen los versículos 1 y 2 del salmo, se comprueba que Dios no nos deja solos en esta lucha:
“…Escudo mío, en quien he confiado;
El que sujeta mi pueblo delante de mí”…
Dios siempre está a nuestro lado apoyándonos y sosteniéndonos, porque conoce nuestras debilidades. Él, con su enorme misericordia, nos provee los medios para protegernos de las huestes del mal (Romanos 8:37 a 39). Él es nuestro escudo y nuestra fuerza; él es nuestra roca viva, y quien nos protege de los ataques invisibles que acechan nuestra alma.
En el 3er. Versículo del salmo, David se formula preguntas que en algún momento todos los creyentes nos hacemos. ¿Por qué Dios nos protege y nos cuida, si tenemos tantos defectos? Y la respuesta es maravillosa: justamente por eso; porque nos ama y procura por todos los medios que salgamos adelante con bien. Y Dios no escatima nada (Juan 3:16).
Al ser vencido el enemigo, brota la alabanza agradecida hacia aquél que nos dio la ayuda oportuna. David la expresa (Salmo 144:9 y 10), y nosotros también,cuando nos salvamos de un accidente, cuando resistimos las tentaciones, cuando sanamos, cuando se hace justicia y cuando triunfa el amor.
Del mismo modo, en el momento en que las dificultades comienzan a turbar nuestra vida, tenemos un Dios fuerte y un gran abogado, Jesucristo, para hacernos oír. Pidamos ayuda sin dilación. Dios escuchará la oración (Jeremías 29:12; 1ª Tesalonicenses 5:17; Santiago 5:16), como escuchó a David, y nuestra Roca nos amparará. Él no dejará las ovejas a merced de los lobos (Juan 10:11 a 16).
En los versículos 7 a 11 del salmo, Davbid pide esa ayuda necesaria para ser rescatado y quitado de entre “hombres extraños””, cuya boca es vanidad y su diestra, es “diestra de mentira”. Por medio del ejemplo de David, el salmo nos dice qué hacer: recurrir siempre a Dios, mantenernos leales y firmes en él.
El salmo continúa en los versículos 12 a 14, con el ruego de David por el bienestar de su pueblo. Esto es muy importante, ya que la felicidad del creyente se alcanza compartiendo. David rogó por el bienestar de su pueblo, y durante los reinados de David y Salomón ese pueblo gozó de gran prosperidad (pero luego el rey Roboam y sus sucesores, así como el pueblo, idolatraron, se olvidaron de su Dios, y perdieron las bendiciones que habían tenido tal como lo relata 1ª Reyes 14:21 a 28).
Finalmente, el salmo concluye diciendo:
Bienaventurado el pueblo cuyo Dios es Jehová.
Y sabemos por nuestras lecturas de la Biblia que esta bienaventuranza se alcanzó, y más adelante se perdió por falta de fe, el Salmo 144 y la Biblia dan constancia de ello.
Los creyentes tenemos que apropiar la enseñanza de este salmo: a nosotros nos toca permanecer fieles para mantener las bendiciones que Dios nos da y prosperar como Iglesia.
sábado, 12 de marzo de 2011
PONER NUESTRA VIDA EN MANOS DE CRISTO; ENTREGARLO TODO, VIVIR PARA ÉL
El creyente que en su niñez careció de una formación familiar y una educación cristiana, se acostumbró a hacer las cosas según su propio punto de vista y en sus fuerzas; por lo tanto, al convertirse recibiendo a Cristo en su corazón, resulta muy difícil aprender a depender de Dios. Sus días no son gozosos, porque por lo general, se afana en lograr cosas que no puede alcanzar plenamente, lo cual lo frustra. Tiene que aprender a obedecer a Dios, a escucharlo.
Pero no sólo este creyente, sino también el que sí tuvo una formación y una educación cristiana, tiene que tener cuidado de no separarse de lo que enseña la Biblia, porque la tentaciones, el deseo, el orgullo y las trampas del mundo, siempre están presentes en nuestra vida.
Una de las tareas de nuestros pastores es encauzarnos para que aprendamos a entrar en el reposo de la fe, para que establezcamos una relación con Dios cada día más profunda, y accedamos al gozo que ésta nos da. La tarea no es sólo de los pastores, nuestro papel no es pasivo; tenemos que estar orando para que en Cristo, Dios nos de su gracia haciendo posible que esa relación prospere; es necesario además que leamos, estudiemos, memoricemos, y hagamos parte de nuestra vida lo que dice el precioso instructivo para nuestra salvación que es la Biblia.
Leyendo la Biblia podemos responder a estas preguntas: ¿Quién nos fortalece? ¿Quién nos sustenta con su Palabra? ¿Quién sabe saciar nuestra sed espiritual? Cristo murió por nosotros para darnos la salvación, y Dios nos mostró exactamente lo que hay que hacer para ser salvos: creer que Jesucristo es el Mesías, el Hijo de Dios, el Rey de Reyes, que vino a rescatarnos y nos ha preparado habitación en el reino de Dios.
Toda la Biblia nos enseña lo que Dios espera de nosotros, el camino que nos ha trazado y lo que tenemos que hacer para que nuestra relación con él a través de Cristo, nos acerque más a Dios, y nos haga acumular tesoros espirituales imperecederos (Mateo 6:19 a 21).
El camino que Dios tiene para nosotros no está libre de dificultades, pero cada dificultad puede ser superada, y es necesaria para engrandecernos, en la medida en que sirve para que aprendamos a ponernos en manos de Dios.
¿Qué consejos prácticos pueden ayudarnos a ir acrecentando esa paz interior y esa sabiduría no humana, que nos permite comprender, amar y perdonar? ¿Cómo lograrlo?
a) Lo primero que tenemos que hacer, siendo creyentes, es reconocer que la Biblia es la Palabra de Dios; ella es nuestro pan, nuestro alimento diario no adulterado y que no puede faltar.
b) A medida que vamos leyendo las Escrituras, tenemos que reflexionar lo que dicen. Evidentemente no se trata de simples historias ni de entretenernos o emocionarnos con ciertos pasajes, sino de ir entendiendo por qué Dios nos dice cada cosa; se trata de comprender cuál es su propósito. Esta lectura debe ser una lectura por fe.
c) Al leer la Biblia, tenemos que resaltar las partes que nos vayan pareciendo más importantes y las que sentimos que nos “hablan” personalmente, tanto para solicitar a los pastores que nos aclaren ciertos puntos, como para memorizarlas, porque a través de ellas Dios nos está “hablando” de una manera muy personal (Mateo 10:19 y Lucas 10:70).
d) Sin embargo, leer y memorizar no es suficiente; es necesario que pongamos en práctica en nuestra vida lo que vamos aprendiendo. Al hacerlo se desarrollará en nosotros una paulatina entrega a Cristo, porque aunque lo hayamos invitado a entrar en nuestro corazón, solemos impedirle que se ocupe de ciertas áreas de nuestra vida que no queremos cambiar.
e) Debemos también ser cuidadosos con lo que hacemos y con la forma en que nos relacionamos con Dios, porque en ocasiones queremos usar a Dios para que cumpla nuestros deseos, sin atender a lo que él nos dice en su Palabra. Eso provoca un alejamiento de Dios, entristece al Espíritu, y nuestra relación con él se enfría, pues no atendemos a lo que dice la Biblia:
Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones
delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.
Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros
corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.
Filipenses 4:5 y 6
Otra forma en que podemos equivocarnos, es cuando alabamos a Dios de palabra y nos ponemos a hacer lo que nos parece para agradarlo, cuando en realidad nos estamos agradando a nosotros mismos, tal como hacían los escribas y los fariseos en tiempo de Cristo, que practicaban un ritual para ser tenidos por piadosos por los otros hombres. Eso es una actitud hipócrita que, lejos de gustarle, le desagrada a Dios (Lucas 11:43 y 20:46 y 47).
f) Al ir aumentando nuestro conocimiento de la Biblia y fortaleciendo nuestra relación con Dios, tiene también que aumentar nuestra entrega a Jesucristo (es decir, tenemos que aprender a ser como él). Para eso necesitamos ir venciendo nuestro orgullo y soberbia (Santiago 4:6 y Daniel 4:37), dejándonos guiar por el Espíritu Santo que le dice a nuestra conciencia cómo debemos actuar.
¿Por qué dejarnos guiar? Porque no conocemos las consecuencias de nuestros actos; Dios, en cambio, las conoce aún antes de que actuemos. Tenemos que dejarnos guiar porque es fácil estar “sinceramente equivocados”, y pensar que son buenas, cosas que no lo son. Tenemos que ponernos en manos de Dios para qué él nos de señales de cuándo, cómo y dónde actuar, y pedirle que también nos de las oportunidades y las palabras apropiadas para lograr el mejor provecho de nuestras vidas.
Jesús está esperando que vayamos a él, desea ayudarnos, anhela que no nos desgastemos en esfuerzos inútiles, y aún cuando más desvalidos y cansados nos encontramos dice:
Venid a mí todos los que estais cansados y cargados y yo os
haré descansar. Llevad mi yugo en vosotros, y aprended de mí, que soy manso
y humilde de corazón; y hallareis descanso para vuestras almas; porque mi
yugo es fácil, y ligera mi carga.
Mateo 11:28 a 30
Así, el mejor consejo de cómo actuar para vivir en Cristo y disfrutar su paz, lo dio una niñita de la iglesia que dijo: “Cuando el diablo toca a la puerta, le digo a Jesús que responda”.
Pero no sólo este creyente, sino también el que sí tuvo una formación y una educación cristiana, tiene que tener cuidado de no separarse de lo que enseña la Biblia, porque la tentaciones, el deseo, el orgullo y las trampas del mundo, siempre están presentes en nuestra vida.
Una de las tareas de nuestros pastores es encauzarnos para que aprendamos a entrar en el reposo de la fe, para que establezcamos una relación con Dios cada día más profunda, y accedamos al gozo que ésta nos da. La tarea no es sólo de los pastores, nuestro papel no es pasivo; tenemos que estar orando para que en Cristo, Dios nos de su gracia haciendo posible que esa relación prospere; es necesario además que leamos, estudiemos, memoricemos, y hagamos parte de nuestra vida lo que dice el precioso instructivo para nuestra salvación que es la Biblia.
Leyendo la Biblia podemos responder a estas preguntas: ¿Quién nos fortalece? ¿Quién nos sustenta con su Palabra? ¿Quién sabe saciar nuestra sed espiritual? Cristo murió por nosotros para darnos la salvación, y Dios nos mostró exactamente lo que hay que hacer para ser salvos: creer que Jesucristo es el Mesías, el Hijo de Dios, el Rey de Reyes, que vino a rescatarnos y nos ha preparado habitación en el reino de Dios.
Toda la Biblia nos enseña lo que Dios espera de nosotros, el camino que nos ha trazado y lo que tenemos que hacer para que nuestra relación con él a través de Cristo, nos acerque más a Dios, y nos haga acumular tesoros espirituales imperecederos (Mateo 6:19 a 21).
El camino que Dios tiene para nosotros no está libre de dificultades, pero cada dificultad puede ser superada, y es necesaria para engrandecernos, en la medida en que sirve para que aprendamos a ponernos en manos de Dios.
¿Qué consejos prácticos pueden ayudarnos a ir acrecentando esa paz interior y esa sabiduría no humana, que nos permite comprender, amar y perdonar? ¿Cómo lograrlo?
a) Lo primero que tenemos que hacer, siendo creyentes, es reconocer que la Biblia es la Palabra de Dios; ella es nuestro pan, nuestro alimento diario no adulterado y que no puede faltar.
b) A medida que vamos leyendo las Escrituras, tenemos que reflexionar lo que dicen. Evidentemente no se trata de simples historias ni de entretenernos o emocionarnos con ciertos pasajes, sino de ir entendiendo por qué Dios nos dice cada cosa; se trata de comprender cuál es su propósito. Esta lectura debe ser una lectura por fe.
c) Al leer la Biblia, tenemos que resaltar las partes que nos vayan pareciendo más importantes y las que sentimos que nos “hablan” personalmente, tanto para solicitar a los pastores que nos aclaren ciertos puntos, como para memorizarlas, porque a través de ellas Dios nos está “hablando” de una manera muy personal (Mateo 10:19 y Lucas 10:70).
d) Sin embargo, leer y memorizar no es suficiente; es necesario que pongamos en práctica en nuestra vida lo que vamos aprendiendo. Al hacerlo se desarrollará en nosotros una paulatina entrega a Cristo, porque aunque lo hayamos invitado a entrar en nuestro corazón, solemos impedirle que se ocupe de ciertas áreas de nuestra vida que no queremos cambiar.
e) Debemos también ser cuidadosos con lo que hacemos y con la forma en que nos relacionamos con Dios, porque en ocasiones queremos usar a Dios para que cumpla nuestros deseos, sin atender a lo que él nos dice en su Palabra. Eso provoca un alejamiento de Dios, entristece al Espíritu, y nuestra relación con él se enfría, pues no atendemos a lo que dice la Biblia:
Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones
delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.
Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros
corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.
Filipenses 4:5 y 6
Otra forma en que podemos equivocarnos, es cuando alabamos a Dios de palabra y nos ponemos a hacer lo que nos parece para agradarlo, cuando en realidad nos estamos agradando a nosotros mismos, tal como hacían los escribas y los fariseos en tiempo de Cristo, que practicaban un ritual para ser tenidos por piadosos por los otros hombres. Eso es una actitud hipócrita que, lejos de gustarle, le desagrada a Dios (Lucas 11:43 y 20:46 y 47).
f) Al ir aumentando nuestro conocimiento de la Biblia y fortaleciendo nuestra relación con Dios, tiene también que aumentar nuestra entrega a Jesucristo (es decir, tenemos que aprender a ser como él). Para eso necesitamos ir venciendo nuestro orgullo y soberbia (Santiago 4:6 y Daniel 4:37), dejándonos guiar por el Espíritu Santo que le dice a nuestra conciencia cómo debemos actuar.
¿Por qué dejarnos guiar? Porque no conocemos las consecuencias de nuestros actos; Dios, en cambio, las conoce aún antes de que actuemos. Tenemos que dejarnos guiar porque es fácil estar “sinceramente equivocados”, y pensar que son buenas, cosas que no lo son. Tenemos que ponernos en manos de Dios para qué él nos de señales de cuándo, cómo y dónde actuar, y pedirle que también nos de las oportunidades y las palabras apropiadas para lograr el mejor provecho de nuestras vidas.
Jesús está esperando que vayamos a él, desea ayudarnos, anhela que no nos desgastemos en esfuerzos inútiles, y aún cuando más desvalidos y cansados nos encontramos dice:
Venid a mí todos los que estais cansados y cargados y yo os
haré descansar. Llevad mi yugo en vosotros, y aprended de mí, que soy manso
y humilde de corazón; y hallareis descanso para vuestras almas; porque mi
yugo es fácil, y ligera mi carga.
Mateo 11:28 a 30
Así, el mejor consejo de cómo actuar para vivir en Cristo y disfrutar su paz, lo dio una niñita de la iglesia que dijo: “Cuando el diablo toca a la puerta, le digo a Jesús que responda”.
martes, 8 de febrero de 2011
LA FIDELIDAD DEL MENSAJERO
El testimonio de Juan el Bautista es importante en la formación del carácter de todos los creyentes, porque este hombre excepcional, desde su nacimiento hasta su muerte, fue fiel a la misión que Dios le encomendó: él tuvo la tarea de preparar la llegada del Mesías, y además, también tuvo el privilegio de bautizar a Jesús con agua en el Jordán y ser su amigo.
En el Viejo Testamento, los profetas y algunos hombres entregados a la fe e inspirados por Dios, dijeron que vendría el Mesías (Emanuel, Dios con Nosotros) para dar esperanza de salvación a la humanidad. Este hecho, que sería el acontecimiento más grande que vería el hombre, no debía ocurrir mientras las personas estuvieran afanadas en su vida material; era necesario un avivamiento espiritual para que prestaran atención a este maravilloso suceso, y Dios envió su mensajero: Juan fue quien tuvo a su cargo esa delicada misión.
La presencia de Juan, el mensajero, fue algo muy especial, que profetizaron Isaías (Isaías 40:3) y Malaquías (Malaquías 3:1a), y su vida, aunque breve, fue tan importante para el cumplimiento del misterio de la salvación, que a él hacen referencia todos los Evangelios (Mateo, Marcos, Lucas y Juan).
¿Qué nos dicen los Evangelios sobre Juan?
En el Evangelio escrito por Lucas se da información detallada sobre su nacimiento, y se dice que Zacarías y su mujer, Elisabet (Lucas 1:5 y 6), ambos ya entrados en años, habían deseado mucho tener un hijo, pero no habían podido porque ella era estéril; este matrimonio era profundamente creyente, y Elisabet era prima de María (la madre de Jesús). La historia que cuenta cómo llegó al mundo Juan se inicia un día en el que, mientras Zacarías ofrecía incienso en el santuario del Señor, se le apareció un ángel y le dijo que sus oraciones habían sido escuchadas por Dios, y que su mujer tendría un hijo al que debían llamar Juan, el cual sería grande delante de Dios y lleno del Espíritu Santo. Ese niño, además de dar regocijo a sus padres, andaría con el espíritu de Elías “para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto” (Lucas 1:11 a 17).
Pero Zacarías dudó de lo que decía el ángel, por lo cual éste le dijo que quedaría mudo hasta que se cumpliera lo que había dicho (Lucas 1:18 a 20). Zacarías enmudeció, pero Elisabet –que sí creyó- quedó encinta. Cinco meses se recluyó Elisabet guardando su embarazo, y el sexto mes llegó a visitarla María, su prima, quien guardaba en su vientre a Jesús. Cuando ambas mujeres se saludaron, Elisabet exclamó: “Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí? Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre” (Lucas 1: 41 a 44). Esta cita da testimonio de que la amistad de Juan y Jesús estaba mucho más allá de la comprensión de las cosas cotidianas, en un plano espiritual que los mantenía cercanos aún antes de nacer.
Ocho días después del nacimiento del hijo de Zacarías y Elisabet, presentaron al niño en el templo para su circuncisión; cuando le preguntaron a su madre cuál era el nombre que le iban a poner, ella dijo Juan (Zacarías no podía hablar), ante lo cual dudaron de ella, pues ni el padre ni otros familiares tenían ese nombre. Le pidieron entonces a Zacarías que escribiera en una tablilla el nombre del niño, y puso: Juan, y todos se maravillaron, y Zacarías entonces recuperó el habla. Lo acontecido corrió de boca en boca, y la gente se preguntaba quién sería ese niño (Lucas 1:57 a 66).
Agradeciendo a Dios por el nacimiento de Juan y por haber sido perdonado y volver a hablar, Zacarías profetizó: “Y tú, niño, profeta del Altísimo serás llamado; porque irás delante de la presencia del Señor, para preparar sus caminos; para dar conocimiento de salvación a su pueblo, para perdón de sus pecados, por la entrañable misericordia de nuestro Dios, con que nos visitó desde lo alto la aurora, para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte; para encaminar nuestros pies por camino de paz” (Lucas 1:76 a 79).
Los sucesos tan especiales que rodearon a Juan desde el momento en que se anunció su nacimiento a Zacarías, se debieron a que Dios lo escogió y lo envió a dar un mensaje muy especial; él vino para dar “testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él. No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz” (Juan 1:6 a 8). Y a medida que crecía era evidente que “la mano del Señor estaba con él” (Lucas 1:66b).
Juan se inició como predicador cuando vino a él palabra de Dios indicándole lo que debía hacer, y él fue fiel a lo que Dios le encomendó (Lucas 3:1 a 3). La tarea de Juan no fue fácil, pues su deber era incitar a los hombres para que se arrepintieran y reconocieran ante el Creador sus pecados, rectificando el camino andado. Así, él tenía que anunciar la llegada del Mesías preparando los corazones, a fin de que los hombres reconocieran sus errores y transgresiones, y se cumpliera el mandato divino: “Todo valle sea alzado, y bájese todo monte y collado; y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane” (Isaías 40.4).
Juan fue un hombre muy sencillo (Mateo 3:4, Marcos 1:6) que predicaba anunciando la Palabra de Dios y bautizaba con agua para arrepentimiento (Mateo 3:11) en Jerusalén, Judea y alrededor del Jordán (Mateo 3:5). El Bautista preparó el camino de la fe, abrió brecha en medio de una generación descreída, sacudió el orgullo, llamó al arrepentimiento, bautizó, formó discípulos, entregando totalmente su vida a Dios. En sus predicaciones, se refería al Mesías diciendo: “El que de arriba viene es sobre todos; el que es de la tierra, es terrenal, y cosas terrenales habla; el que viene del cielo es sobre todos. Y lo que vio, y oyó, esto testifica; y nadie recibe su testimonio. El que recibe su testimonio, este atestigua que Dios es veraz. Porque el que Dios envió, las palabras de Dios habla; pues Dios no da el Espíritu por medida, el Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en su mano” (Juan 3:31 a 35).
Mas refiriéndose a la gente que se acercaba a él, les enseñaba diciendo: “Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto se corta y se echa al fuego. Y la gente le preguntaba diciendo: Entonces, ¿qué haremos? Y respondiendo, les dijo: El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene de comer, haga lo mismo” (Lucas 3:9 a 11). A los publicanos que querían ser bautizados, les decía que no exigieran más de lo ordenado; a los soldados, les recomendó no hacer extorsión ni calumnia a nadie, y contentarse con su paga (Lucas 3:12 a 14).
Algunas veces, cuando Juan hablaba, decía verdades que podían parecer muy duras, y algunas de ellas irritaban a ciertos pecadores que se creían “buenos”, y sin embargo no respetaban la ley. Pero él no se detenía ante ellos, porque su misión requería que los hombres reconocieran sus pecados, clamaran a Dios por el perdón, fueran bautizados y enderezaran sus caminos; así, no vacilaba en decirles a los fariseos y saduceos que acudían para ser bautizados sin un verdadero espíritu de arrepentimiento: “¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?” (Mateo 3:7b, Lucas 3:7).
A pesar de tener enemigos entre los fariseos y la jerarquía religiosa, entre el pueblo Juan era muy reconocido, y muchos lo seguían, aunque la gente no sabía bien quién era, y se preguntaban si sería profeta, el propio Elías o el Mesías (Lucas 3:15). Sus enemigos –los fariseos, sacerdotes, levitas- lo abordaron una vez en Betábora, al otro lado del Jordán, porque también tenían las mismas dudas, y así le preguntaron quién era, y dijo no ser Elías, ni un profeta, ni el Cristo, sino: “Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías” (Juan 1:19 a 24). Ante esa respuesta continuaron preguntándole por qué bautizaba, y Juan respondió: “Yo bautizo con agua; mas en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conoceis. Este es el que viene después de mí, el que es antes de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa de su calzado” (Juan 1:25 a 27).
Un día en que Juan estaba bautizando en el Jordán, se presentó ante él Jesús para que lo bautizara también a él, y Juan “se oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Pero Jesús respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia” (Mateo 3:13 a 15). Y una vez que lo hubo bautizado y subió del agua, los cielos fueron abiertos y el Espíritu de Dios, como paloma, descendió sobre Jesús, en tanto que una voz de los cielos decía: “Este es mi hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:16 y 17/Marcos 1:10 y 11/Lucas 3:21b y 22/Juan 1:32 y 34). Al día siguiente, estando Juan con dos de sus discípulos, vio a Jesús y señalándolo les dijo: “He aquí al Cordero de Dios”, y los discípulos se acercaron a Jesús, y éste los recibió y le siguieron (Juan 1:35 a 39). Así, Juan encaminó hacia Jesús sus discípulos, no actuando como un maestro celoso, sino como un mensajero fiel, …aunque fue más que un mensajero.
Algunas personas no entendían que Juan cediera sus discípulos y su popularidad a Jesús, y se lo dijeron, mas él les respondió: “El que tiene la esposa es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, este mi gozo está cumplido” (Juan 3:29). Juan fue realmente, además del mensajero, el amigo de Jesús. Porque en él se observa ese amor precioso del que habla Pablo en la 1ª. Epístola a los Corintios: “El amor es sufrido, es benigno, el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo soporta” (1ª. Corintios 13:4 a 7).
Sin embargo, esa maravillosa persona que fue Juan, no pudo seguir por más tiempo su preciosa labor de anunciar al Cristo, aunque eso ya no era necesario porque Jesús mismo atraía multitudes, hacía milagros y las acercaba a la salvación. Herodes el tetrarca, encarceló a Juan debido a que éste condenaba su situación de pecado, pues mantenía relaciones ilícitas con Herodías, la mujer de su hermano Felipe. Estando preso, Juan envió a Jesús algunos de sus discípulos para ver si era a él a quien tanto esperaban; y esto, debido al celo al cumplir su cometido: anunciar la venida del Mesías. Cuando regresaron los discípulos confirmando que Jesús era el Hijo de Dios, el esperado Cristo, Juan reposó con la certeza de haber cumplido cabalmente con lo que se le había encomendado, pues como había dicho: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengue” (Juan 3:30).
Sabiendo que Juan estaba prisionero en la cárcel de Herodes, Herodías –esposa de Felipe y amante de Herodes su hermano- aprovechó un momento favorable, para lograr que por intermedio de su hija Salomé, Juan fuera finalmente decapitado (Mateo 14:3 a 12). Sus discípulos enterraron su cuerpo, y cuando la triste noticia llegó a Jesús, se fue a un lugar desierto y apartado. Juan, el amigo del esposo, el fiel mensajero, ya no estaba aquí.
¿Qué nos muestra la vida de Juan?
Más allá de las anécdotas, están los rasgos de su personalidad que se destacan a través de los testimonios y enseñanzas que nos deja su vida, entre los que se destacan:
• Fe y amor a Dios sobre todas las cosas, porque fue constante en su amor a Dios y en el cumplimiento de su mandato hasta los últimos instantes de su vida.
• Humildad, pues reconoció la diferencia entre su bautismo y el bautismo con el Espíritu Santo que dio Jesús; porque nunca mostró orgullo, sino que aún en los momentos en que más gente lo seguía, sólo se presentó como la “voz del que clama en el desierto”, reconociendo la preeminencia de Jesús, y porque aceptó su destino mostrando mansedumbre y obediencia a Dios.
• Veracidad, porque reconvino a los hombres por sus pecados, sin importar si eso hacía peligrar su vida.
• Amistad, porque como él mismo dijo, el amigo del esposo se goza viéndolo feliz.
• Generosidad, ya que dio a Jesús a sus mejores discípulos y le cedió su popularidad entre la gente del pueblo.
• Entrega, que se manifestó, por ejemplo, cuando le dijo a sus discípulos hacia el final de sus días: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe” (Juan 3:30).
La vida Juan tiene para nosotros, los creyentes, un gran valor, pues muestra aspectos del carácter que nosotros tenemos que ir desarrollando y que iremos alcanzando, puestos lo ojos, como él lo hacía, en Jesús. Su amor a Dios, su entrega a Jesucristo, su humildad, su fidelidad, el constante compromiso con el cumplimiento de la tarea que le había sido encomendada, son un buen ejemplo de cómo debe ser nuestra vida. Juan el Bautista fue tan importante en la tierra, que de él dijo Jesús: “De cierto os digo, Entre los varones que nacen de mujer no se ha levantado uno mayor que Juan el Bautista (…) él es aquel Elías que había de venir” (Mateo 11:11 y14b).
En el Viejo Testamento, los profetas y algunos hombres entregados a la fe e inspirados por Dios, dijeron que vendría el Mesías (Emanuel, Dios con Nosotros) para dar esperanza de salvación a la humanidad. Este hecho, que sería el acontecimiento más grande que vería el hombre, no debía ocurrir mientras las personas estuvieran afanadas en su vida material; era necesario un avivamiento espiritual para que prestaran atención a este maravilloso suceso, y Dios envió su mensajero: Juan fue quien tuvo a su cargo esa delicada misión.
La presencia de Juan, el mensajero, fue algo muy especial, que profetizaron Isaías (Isaías 40:3) y Malaquías (Malaquías 3:1a), y su vida, aunque breve, fue tan importante para el cumplimiento del misterio de la salvación, que a él hacen referencia todos los Evangelios (Mateo, Marcos, Lucas y Juan).
¿Qué nos dicen los Evangelios sobre Juan?
En el Evangelio escrito por Lucas se da información detallada sobre su nacimiento, y se dice que Zacarías y su mujer, Elisabet (Lucas 1:5 y 6), ambos ya entrados en años, habían deseado mucho tener un hijo, pero no habían podido porque ella era estéril; este matrimonio era profundamente creyente, y Elisabet era prima de María (la madre de Jesús). La historia que cuenta cómo llegó al mundo Juan se inicia un día en el que, mientras Zacarías ofrecía incienso en el santuario del Señor, se le apareció un ángel y le dijo que sus oraciones habían sido escuchadas por Dios, y que su mujer tendría un hijo al que debían llamar Juan, el cual sería grande delante de Dios y lleno del Espíritu Santo. Ese niño, además de dar regocijo a sus padres, andaría con el espíritu de Elías “para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto” (Lucas 1:11 a 17).
Pero Zacarías dudó de lo que decía el ángel, por lo cual éste le dijo que quedaría mudo hasta que se cumpliera lo que había dicho (Lucas 1:18 a 20). Zacarías enmudeció, pero Elisabet –que sí creyó- quedó encinta. Cinco meses se recluyó Elisabet guardando su embarazo, y el sexto mes llegó a visitarla María, su prima, quien guardaba en su vientre a Jesús. Cuando ambas mujeres se saludaron, Elisabet exclamó: “Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí? Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre” (Lucas 1: 41 a 44). Esta cita da testimonio de que la amistad de Juan y Jesús estaba mucho más allá de la comprensión de las cosas cotidianas, en un plano espiritual que los mantenía cercanos aún antes de nacer.
Ocho días después del nacimiento del hijo de Zacarías y Elisabet, presentaron al niño en el templo para su circuncisión; cuando le preguntaron a su madre cuál era el nombre que le iban a poner, ella dijo Juan (Zacarías no podía hablar), ante lo cual dudaron de ella, pues ni el padre ni otros familiares tenían ese nombre. Le pidieron entonces a Zacarías que escribiera en una tablilla el nombre del niño, y puso: Juan, y todos se maravillaron, y Zacarías entonces recuperó el habla. Lo acontecido corrió de boca en boca, y la gente se preguntaba quién sería ese niño (Lucas 1:57 a 66).
Agradeciendo a Dios por el nacimiento de Juan y por haber sido perdonado y volver a hablar, Zacarías profetizó: “Y tú, niño, profeta del Altísimo serás llamado; porque irás delante de la presencia del Señor, para preparar sus caminos; para dar conocimiento de salvación a su pueblo, para perdón de sus pecados, por la entrañable misericordia de nuestro Dios, con que nos visitó desde lo alto la aurora, para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte; para encaminar nuestros pies por camino de paz” (Lucas 1:76 a 79).
Los sucesos tan especiales que rodearon a Juan desde el momento en que se anunció su nacimiento a Zacarías, se debieron a que Dios lo escogió y lo envió a dar un mensaje muy especial; él vino para dar “testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él. No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz” (Juan 1:6 a 8). Y a medida que crecía era evidente que “la mano del Señor estaba con él” (Lucas 1:66b).
Juan se inició como predicador cuando vino a él palabra de Dios indicándole lo que debía hacer, y él fue fiel a lo que Dios le encomendó (Lucas 3:1 a 3). La tarea de Juan no fue fácil, pues su deber era incitar a los hombres para que se arrepintieran y reconocieran ante el Creador sus pecados, rectificando el camino andado. Así, él tenía que anunciar la llegada del Mesías preparando los corazones, a fin de que los hombres reconocieran sus errores y transgresiones, y se cumpliera el mandato divino: “Todo valle sea alzado, y bájese todo monte y collado; y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane” (Isaías 40.4).
Juan fue un hombre muy sencillo (Mateo 3:4, Marcos 1:6) que predicaba anunciando la Palabra de Dios y bautizaba con agua para arrepentimiento (Mateo 3:11) en Jerusalén, Judea y alrededor del Jordán (Mateo 3:5). El Bautista preparó el camino de la fe, abrió brecha en medio de una generación descreída, sacudió el orgullo, llamó al arrepentimiento, bautizó, formó discípulos, entregando totalmente su vida a Dios. En sus predicaciones, se refería al Mesías diciendo: “El que de arriba viene es sobre todos; el que es de la tierra, es terrenal, y cosas terrenales habla; el que viene del cielo es sobre todos. Y lo que vio, y oyó, esto testifica; y nadie recibe su testimonio. El que recibe su testimonio, este atestigua que Dios es veraz. Porque el que Dios envió, las palabras de Dios habla; pues Dios no da el Espíritu por medida, el Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en su mano” (Juan 3:31 a 35).
Mas refiriéndose a la gente que se acercaba a él, les enseñaba diciendo: “Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto se corta y se echa al fuego. Y la gente le preguntaba diciendo: Entonces, ¿qué haremos? Y respondiendo, les dijo: El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene de comer, haga lo mismo” (Lucas 3:9 a 11). A los publicanos que querían ser bautizados, les decía que no exigieran más de lo ordenado; a los soldados, les recomendó no hacer extorsión ni calumnia a nadie, y contentarse con su paga (Lucas 3:12 a 14).
Algunas veces, cuando Juan hablaba, decía verdades que podían parecer muy duras, y algunas de ellas irritaban a ciertos pecadores que se creían “buenos”, y sin embargo no respetaban la ley. Pero él no se detenía ante ellos, porque su misión requería que los hombres reconocieran sus pecados, clamaran a Dios por el perdón, fueran bautizados y enderezaran sus caminos; así, no vacilaba en decirles a los fariseos y saduceos que acudían para ser bautizados sin un verdadero espíritu de arrepentimiento: “¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?” (Mateo 3:7b, Lucas 3:7).
A pesar de tener enemigos entre los fariseos y la jerarquía religiosa, entre el pueblo Juan era muy reconocido, y muchos lo seguían, aunque la gente no sabía bien quién era, y se preguntaban si sería profeta, el propio Elías o el Mesías (Lucas 3:15). Sus enemigos –los fariseos, sacerdotes, levitas- lo abordaron una vez en Betábora, al otro lado del Jordán, porque también tenían las mismas dudas, y así le preguntaron quién era, y dijo no ser Elías, ni un profeta, ni el Cristo, sino: “Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías” (Juan 1:19 a 24). Ante esa respuesta continuaron preguntándole por qué bautizaba, y Juan respondió: “Yo bautizo con agua; mas en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conoceis. Este es el que viene después de mí, el que es antes de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa de su calzado” (Juan 1:25 a 27).
Un día en que Juan estaba bautizando en el Jordán, se presentó ante él Jesús para que lo bautizara también a él, y Juan “se oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Pero Jesús respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia” (Mateo 3:13 a 15). Y una vez que lo hubo bautizado y subió del agua, los cielos fueron abiertos y el Espíritu de Dios, como paloma, descendió sobre Jesús, en tanto que una voz de los cielos decía: “Este es mi hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:16 y 17/Marcos 1:10 y 11/Lucas 3:21b y 22/Juan 1:32 y 34). Al día siguiente, estando Juan con dos de sus discípulos, vio a Jesús y señalándolo les dijo: “He aquí al Cordero de Dios”, y los discípulos se acercaron a Jesús, y éste los recibió y le siguieron (Juan 1:35 a 39). Así, Juan encaminó hacia Jesús sus discípulos, no actuando como un maestro celoso, sino como un mensajero fiel, …aunque fue más que un mensajero.
Algunas personas no entendían que Juan cediera sus discípulos y su popularidad a Jesús, y se lo dijeron, mas él les respondió: “El que tiene la esposa es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, este mi gozo está cumplido” (Juan 3:29). Juan fue realmente, además del mensajero, el amigo de Jesús. Porque en él se observa ese amor precioso del que habla Pablo en la 1ª. Epístola a los Corintios: “El amor es sufrido, es benigno, el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo soporta” (1ª. Corintios 13:4 a 7).
Sin embargo, esa maravillosa persona que fue Juan, no pudo seguir por más tiempo su preciosa labor de anunciar al Cristo, aunque eso ya no era necesario porque Jesús mismo atraía multitudes, hacía milagros y las acercaba a la salvación. Herodes el tetrarca, encarceló a Juan debido a que éste condenaba su situación de pecado, pues mantenía relaciones ilícitas con Herodías, la mujer de su hermano Felipe. Estando preso, Juan envió a Jesús algunos de sus discípulos para ver si era a él a quien tanto esperaban; y esto, debido al celo al cumplir su cometido: anunciar la venida del Mesías. Cuando regresaron los discípulos confirmando que Jesús era el Hijo de Dios, el esperado Cristo, Juan reposó con la certeza de haber cumplido cabalmente con lo que se le había encomendado, pues como había dicho: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengue” (Juan 3:30).
Sabiendo que Juan estaba prisionero en la cárcel de Herodes, Herodías –esposa de Felipe y amante de Herodes su hermano- aprovechó un momento favorable, para lograr que por intermedio de su hija Salomé, Juan fuera finalmente decapitado (Mateo 14:3 a 12). Sus discípulos enterraron su cuerpo, y cuando la triste noticia llegó a Jesús, se fue a un lugar desierto y apartado. Juan, el amigo del esposo, el fiel mensajero, ya no estaba aquí.
¿Qué nos muestra la vida de Juan?
Más allá de las anécdotas, están los rasgos de su personalidad que se destacan a través de los testimonios y enseñanzas que nos deja su vida, entre los que se destacan:
• Fe y amor a Dios sobre todas las cosas, porque fue constante en su amor a Dios y en el cumplimiento de su mandato hasta los últimos instantes de su vida.
• Humildad, pues reconoció la diferencia entre su bautismo y el bautismo con el Espíritu Santo que dio Jesús; porque nunca mostró orgullo, sino que aún en los momentos en que más gente lo seguía, sólo se presentó como la “voz del que clama en el desierto”, reconociendo la preeminencia de Jesús, y porque aceptó su destino mostrando mansedumbre y obediencia a Dios.
• Veracidad, porque reconvino a los hombres por sus pecados, sin importar si eso hacía peligrar su vida.
• Amistad, porque como él mismo dijo, el amigo del esposo se goza viéndolo feliz.
• Generosidad, ya que dio a Jesús a sus mejores discípulos y le cedió su popularidad entre la gente del pueblo.
• Entrega, que se manifestó, por ejemplo, cuando le dijo a sus discípulos hacia el final de sus días: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe” (Juan 3:30).
La vida Juan tiene para nosotros, los creyentes, un gran valor, pues muestra aspectos del carácter que nosotros tenemos que ir desarrollando y que iremos alcanzando, puestos lo ojos, como él lo hacía, en Jesús. Su amor a Dios, su entrega a Jesucristo, su humildad, su fidelidad, el constante compromiso con el cumplimiento de la tarea que le había sido encomendada, son un buen ejemplo de cómo debe ser nuestra vida. Juan el Bautista fue tan importante en la tierra, que de él dijo Jesús: “De cierto os digo, Entre los varones que nacen de mujer no se ha levantado uno mayor que Juan el Bautista (…) él es aquel Elías que había de venir” (Mateo 11:11 y14b).
sábado, 22 de enero de 2011
Poema 24
Te entregué mi iniquidad
y me diste paz; mi dolor te di,
y encontré serenidad.
¿Dónde está el Hijo de Dios?
mi corazón se abrió a él,
ahora también habita en mí.
Jesús tuvo de mí misericordia;
se llevó mi amargura
y me rodeó su dulzura.
No hay tiempo de tristeza,
el mundo está de cabeza
y necesita oración.
Alabanza bella y santa,
voz que escucha nuestro Dios,
llega al cielo con presteza
cuando la iglesia canta
y a él se entrega con pasión.
Compartamos testimonios
y guardemos mandamientos,
llevemos las buenas nuevas
que Jesús un día nos dio.
Luminarias ejemplares,
gestos de sincero amor,
mirando siempre de frente
honremos en todo al Señor.
¿Cuándo vendremos a Dios?
Lo llama el corazón,
nuestra alma clama.
El día llegará, no desesperes,
y habitarás en su amor.
y me diste paz; mi dolor te di,
y encontré serenidad.
¿Dónde está el Hijo de Dios?
mi corazón se abrió a él,
ahora también habita en mí.
Jesús tuvo de mí misericordia;
se llevó mi amargura
y me rodeó su dulzura.
No hay tiempo de tristeza,
el mundo está de cabeza
y necesita oración.
Alabanza bella y santa,
voz que escucha nuestro Dios,
llega al cielo con presteza
cuando la iglesia canta
y a él se entrega con pasión.
Compartamos testimonios
y guardemos mandamientos,
llevemos las buenas nuevas
que Jesús un día nos dio.
Luminarias ejemplares,
gestos de sincero amor,
mirando siempre de frente
honremos en todo al Señor.
¿Cuándo vendremos a Dios?
Lo llama el corazón,
nuestra alma clama.
El día llegará, no desesperes,
y habitarás en su amor.
Poema 23
Dame las palabras precisas,
esas que en Jesús reflejan luz,
úsame a mí, llévame a tí.
Jesús enseña con paciencia
cosas que no sabe la ciencia,
y en la vivencia de sus testimonios
nuestra vida rompe sus cadenas,
sus condenas.
¿Quién habitará en tu amor?
Blanquea mi alma
para que sin inquietud, con calma,
me presente ante el Señor.
A Dios me debo y a él voy,
donde el tiempo pierde su importancia,
alcanzada la promesa,
revelada la palabra,
con la dicha de saber quien soy.
esas que en Jesús reflejan luz,
úsame a mí, llévame a tí.
Jesús enseña con paciencia
cosas que no sabe la ciencia,
y en la vivencia de sus testimonios
nuestra vida rompe sus cadenas,
sus condenas.
¿Quién habitará en tu amor?
Blanquea mi alma
para que sin inquietud, con calma,
me presente ante el Señor.
A Dios me debo y a él voy,
donde el tiempo pierde su importancia,
alcanzada la promesa,
revelada la palabra,
con la dicha de saber quien soy.
lunes, 20 de diciembre de 2010
El caso de Zaqueo
Zaqueo era un publicano muy rico, y muy bajito. Él sabía lo que era ser pequeño y no le gustaba, pero toda su riqueza no le había servido para crecer un palmo. Enterado de que el Señor Jesús llegaría a la ciudad, decidió verlo, aunque para eso tendría que humillarse reconociendo ante los demás su condición, pues entre el gentío su baja estatura le impediría hacerlo. Aceptado públicamente que era muy chaparrito, y con la esperanza de divisarlo a pesar de la multitud que lo rodeaba, se encaramó en un árbol.
La grandeza de la fe del pequeño Zaqueo es un ejemplo que todos debemos seguir. Él puso a Jesús por encima de su orgullo. Nosotros tenemos que hacer igual que él. Zaqueo quería ver a Jesús, nosotros también; Zaqueo tenía fe, igual nosotros. Pero a diferencia de la mayoría, no dudó; no se detuvo; no puso reparos, sino que cuando Cristo se acercó hasta donde estaba y lo llamó diciendo:
Zaqueo, date prisa, desciede, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa.
Lucas 19:5b
respondió de inmediato:
Entonces él descendió aprisa y le recibió gozoso.
Lucas 19:6
¿Somos nosotros tan rápidos para aceptar lo que Dios nos dice? ¿Mostramos siempre gozo al servir al Señor? Zaqueo era consciente de ser un pecador, y sin embargo, estaba recibiendo el don más preciado: la salvación. Ese acto de amor por parte del Señor Jesús se proyectó de inmediato en su vida(1a. Juan 4:19), y voluntariamente dijo:
He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he
defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado.
Lucas 19:8
La consciencia de pecado movió a Zaqueo a reparar sus errores. Esa misma consciencia es la que nos mueve a buscar en la palabra y a conocer a través de ella nuestros propios pecados y enmendarlos, enderezando nuestro camino.
Zaqueo tenía a Jesús frente a él, nosotros también lo tenemos. ¿Obraremos como Zaqueo? Dejemos que la Palabra abra nuestro corazón y actuemos con la rapidez y generosidad de Zaqueo.
¿Dirá Jesús una vez más: “Hoy ha venido la salvación a esta casa?” (Lucas 19:9a)
Esto es lo que deseo y lo que le pido a Dios que haga posible: abrir nuestro corazón a Jesús para consolidar nuestro compromiso con él en un acto de perpetua entrega y constante amor, y para todos en su Iglesia, unidos en el cuerpo de Cristo, compartamos su luz con los que aún no la reciben.
La grandeza de la fe del pequeño Zaqueo es un ejemplo que todos debemos seguir. Él puso a Jesús por encima de su orgullo. Nosotros tenemos que hacer igual que él. Zaqueo quería ver a Jesús, nosotros también; Zaqueo tenía fe, igual nosotros. Pero a diferencia de la mayoría, no dudó; no se detuvo; no puso reparos, sino que cuando Cristo se acercó hasta donde estaba y lo llamó diciendo:
Zaqueo, date prisa, desciede, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa.
Lucas 19:5b
respondió de inmediato:
Entonces él descendió aprisa y le recibió gozoso.
Lucas 19:6
¿Somos nosotros tan rápidos para aceptar lo que Dios nos dice? ¿Mostramos siempre gozo al servir al Señor? Zaqueo era consciente de ser un pecador, y sin embargo, estaba recibiendo el don más preciado: la salvación. Ese acto de amor por parte del Señor Jesús se proyectó de inmediato en su vida(1a. Juan 4:19), y voluntariamente dijo:
He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he
defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado.
Lucas 19:8
La consciencia de pecado movió a Zaqueo a reparar sus errores. Esa misma consciencia es la que nos mueve a buscar en la palabra y a conocer a través de ella nuestros propios pecados y enmendarlos, enderezando nuestro camino.
Zaqueo tenía a Jesús frente a él, nosotros también lo tenemos. ¿Obraremos como Zaqueo? Dejemos que la Palabra abra nuestro corazón y actuemos con la rapidez y generosidad de Zaqueo.
¿Dirá Jesús una vez más: “Hoy ha venido la salvación a esta casa?” (Lucas 19:9a)
Esto es lo que deseo y lo que le pido a Dios que haga posible: abrir nuestro corazón a Jesús para consolidar nuestro compromiso con él en un acto de perpetua entrega y constante amor, y para todos en su Iglesia, unidos en el cuerpo de Cristo, compartamos su luz con los que aún no la reciben.
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