jueves, 1 de julio de 2010

PARABOLA DE LAS DOS MADRES

Había una vez dos jóvenes madres creyentes, a quienes Dios había dado la dicha de tener un hijo.
Los niños eran pequeños y buenos hijos. Sin embargo, un mismo día, los dos murieron en un accidente.
Las madres sintieron que algo se desgarraba en su alma. Una se dirigió a Dios diciéndole: ¡Me has partido el corazón! ¿Por qué me has quitado a mi hijo? ¿Qué falta hacía? Tú tienes todo y yo sólo tenía a mi hijo. La otra, arrodillándose, mientras lloraba, dijo: ¡Alabado seas Jehová! Tú me diste la felicidad y ahora mi hijo está contigo. Perdona mi dolor y dale consuelo a mi alma.
Jehová escuchó ambas oraciones, se compadeció del dolor de las madres, y en los años siguientes ellas tuvieron otros hijos e hijas. Pero la primera, la que le reclamó a Dios la muerte de su primer hijo, atesoró amargura en su corazón, y sus hijos lo resintieron. La otra, la que alabó a Dios agradeciendo el tiempo feliz con su primer hijo, siguió agradeciendo a Dios por los que le dio luego, y ellos recibieron la bendición de una madre amorosa.
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¿Qué significa esta parábola?
Una primera lectura, hace evidente que la madre que agradeció a Dios el tiempo que había disfrutado con su hijo fue más feliz (1a. Tesalonicenses 5:18 y Hebreos 12:28). En cambio, la madre que estuvo resentida y acumuló amargura, no supo y no pudo apropiar todas las bendiciones que Dios siguió teniendo para ella (Hebreos 12:15).
Pero ahora no pensemos necesariamente en madres e hijos; la parábola va más allá. Cualquier creyente que ama a una persona que fallece, o que tiene un bien preciado que le es arrebatado, o que tiene un trabajo que disfruta y es despedido, y que por ello se queja ante Dios, es como la madre que reclama a nuestro Padre celestial la pérdida de lo que disfrutaba, sin darse cuenta que todo lo que somos, lo que tenemos y lo que amamos es de Dios. La margura que crece en el corazón de quien así reacciona ante una pérdida, no deja disfrutar plenamente los dones y la gracia que el creyente recibe contínuamente; lo aleja de Dios, impidiéndole tener un mayor desarrollo espiritual.
La persona que ante cualquier pérdida significativa, agradece al Creador el bien que disfrutó y le pide consuelo, lo recibe. Y su estado posterior es mejor que el primero, porque puede gozar cada vez más y mejor de la plenitud con que Dios nos colma, y recibir su misericordia (Juan 1:16).
Finalmente, la pérdida de un gran amor en este mundo, cuando uno está seguro que ha ido a Dios, lleva el consuelo de que se encuentra en Cristo, feliz y pleno por toda la eternidad.
Ese amor no deja ningún vacío, porque el amor no muere (1a. de Corintios 18:8a y 13), sino que se amplía infinitamente, alcanzando siempre para amar a otros. La madre agradecida de la parábola no olvida al hijo que ya no está a su lado, sino que su amor por él se mantiene al mismo tiempo que crece, porque ama también a los hijos que llegan luego. Es un amor que no sustituye uno por otro, sino que aumenta, se expande hacia otro y hacia muchos. Ese es el amor que Dios nos enseña a vivir.

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